He fotografiado esta escena muchas veces.
Personas empujando carros de supermercado por la ciudad. A simple vista parecen llenos de cosas viejas, mantas o bolsas acumuladas. Pero cuando uno se detiene a observar, entiende que ahí dentro va todo lo que poseen.
Son nómadas de la calle.
No suelen permanecer mucho tiempo en un mismo lugar. Se mueven constantemente buscando seguridad, comida, compañía o simplemente un sitio donde pasar la noche sin ser expulsados.
Sus pertenencias viajan con ellos.
Su hogar también.
Lo que para muchos es un carro abandonado, para ellos es lo más cercano a una casa. Entre esas bolsas guardan ropa, recuerdos, fotografías, herramientas, comida y algunas pocas cosas que han logrado conservar mientras el resto de su vida se fue quedando atrás.
Esa noche vi a esta persona cruzar la calle empujando su pequeño mundo. La luz de la ciudad iluminaba el camino, pero no el destino.
Me hizo pensar en lo mucho que damos por sentado. La posibilidad de dejar nuestras cosas en un lugar seguro. Cerrar una puerta. Volver mañana y encontrar todo donde lo dejamos.
Ellos no tienen esa certeza.
Cada día cargan con lo que poseen porque no existe otro lugar donde dejarlo.
A veces creemos que una casa son paredes y un techo. Pero mirando estas escenas he aprendido que una casa también es aquello que nos permite sentir que pertenecemos a algún lugar.
Y cuando toda tu vida cabe dentro de un carro de supermercado, la ciudad completa se convierte en tu dirección.


