Estaba sentado en la entrada de la catedral, con una mano extendida y la otra sosteniendo el poco orgullo que aún le quedaba. La gente entraba y salía. Algunos desviaban la mirada, otros aceleraban el paso. Había quienes parecían molestos por su presencia, como si pedir ayuda en la puerta de una iglesia fuera una incomodidad que preferían no enfrentar. Mientras tanto, yo permanecía cerca, siendo lo que intento ser cada vez que salgo con mi cámara: una mosca en la pared. Observar antes de fotografiar me ha enseñado mucho más que cualquier técnica. La calle tiene su propio ritmo y las personas, cuando dejan de sentirse observadas, muestran quiénes son realmente. Cuando sentí que era el momento, me acerqué. Lo saludé y le pregunté si podía retratarlo. Sonrió con una amabilidad que no esperaba y comenzó a hablar conmigo. Sin que yo se lo pidiera, recitó un poema en francés. Después me contó parte de su historia. No sé cuánto había de recuerdo y cuánto de dolor en sus palabras, pero tampoco sentí la necesidad de comprobar nada. Con el tiempo entendí que los olvidados no necesitan que alguien cuestione su pasado. Necesitan, simplemente, que alguien los escuche. Por eso me he convertido en un buen oyente. Cada conversación me recuerda que detrás de una persona en situación de calle hay mucho más que una necesidad económica. Hay una vida entera. Hay sueños, pérdidas, amores, fracasos y momentos que nadie más [...]