Lo conocí afuera de un supermercado. Estaba pidiendo monedas, algo que uno ve todos los días y que muchas veces termina ignorando.

Conversamos un rato. No me inventó una historia para dar pena ni intentó justificar nada. Me dijo directamente que muchas veces pedía dinero para comprar droga. También me contó que a veces pedía para comer. Su honestidad me impresionó.

Lo que más me llamó la atención fue su edad. Podría haber sido un compañero de curso. Tal vez teníamos los mismos años, pero la vida nos había llevado por caminos completamente distintos.

Le hablé de mi trabajo fotográfico y de por qué hago estas fotografías. Pensé que ahí terminaría la conversación, pero fue él quien me sorprendió.

“Fotografíame”, me dijo.

“Si sirve para que la gente vea lo que las drogas hacen, hazlo”.

Mientras tomaba las fotos, otros hombres que estaban cerca le gritaban que no lo hiciera. Que para qué se iba a exponer. Pero él no parecía tener dudas. No intentaba esconder nada.

Con el paso de los minutos empecé a ver más allá de la suciedad en su ropa o del desgaste en su rostro. Vi a una persona joven cargando consecuencias demasiado grandes para alguien de su edad.

Cuando miro estas fotografías no veo solamente a alguien consumido por las drogas. Veo a un hombre que por un momento decidió ser completamente sincero. Sin excusas.

Y eso no es algo que ocurra todos los días.

A veces pensamos que las personas en situación de calle ya no tienen nada que decirnos. Sin embargo, esa tarde fui yo quien terminó escuchando.

Y todavía recuerdo sus palabras.

“Muéstralo tal como es”.