Me sigue sorprendiendo cómo un brazo puede transformarse tan fácilmente en almohada. Cómo el suelo duro y helado termina siendo una cama. Cómo la falta de cobijas parece dejar de importar cuando el cansancio y las desiciones ya pesa más que el frío.

A veces me quedo mirando estas escenas y me pregunto cuánto deben pesar las decisiones, los errores, las pérdidas o simplemente la vida misma para que el hambre y el frío pasen a segundo plano.

Mientras muchos corremos de un lugar a otro buscando llegar a casa, otros encuentran descanso donde pueden, como pueden. No porque sea suficiente, sino porque el cuerpo ya no da para seguir.

Esta fotografía la tomé en silencio. No quise despertarlo. Había algo profundamente humano en esa manera de dormir, abrazado a sí mismo, como si intentara darse el abrigo que la noche le negaba.

Y entonces pensé que el cansancio también necesita un lugar donde dormir, aunque ese lugar sea el suelo frío de una ciudad que pasa de largo.