Las vi caminando juntas por las calles de La Serena. Madre e hija. Siempre una al lado de la otra. Quienes las conocen las describen como mujeres amables, sencillas y cariñosas. Cada día recorren los basureros buscando cartón, latas y todo aquello que pueda venderse para conseguir unas monedas. Esa es su forma de enfrentar la vida, juntas.

Me acerqué con la intención de fotografiarlas. Les expliqué quién era y el proyecto documental que estoy realizando. Aceptaron con una sonrisa tímida, pero antes de levantar la cámara, una de ellas me dijo algo que me dejó pensando.

Pero yo no soy bella… soy fea. ¿Por qué quieres una foto de nosotras?

Durante unos segundos no supe qué responder. Me dolió escuchar esas palabras porque entendí que no hablaban de un espejo, sino de una vida en la que, probablemente, muchas personas las habían hecho sentir invisibles.

Entonces les dije algo que nace de la forma en que entiendo la fotografía.

Les respondí que para mí la belleza no depende de un rostro perfecto ni de la ropa que uno lleva. Creo que la belleza está en la creación de Dios, en las historias que cada persona carga, en las cicatrices que hablan de una vida vivida y en la dignidad de quienes siguen adelante a pesar de todo.

Les dije que yo fotografío aquello que muchos pasan de largo. Porque cuando uno se detiene a mirar de verdad, descubre que el mundo está lleno de belleza, aunque a veces esté escondida detrás del cansancio, de la pobreza o del abandono.

Ellas sonrieron.

No sé si lograron verse con los ojos con los que yo las veía, pero por un instante sentí que entendieron que no estaba fotografiando la pobreza. Estaba fotografiando el amor de una madre y una hija que han decidido recorrer el camino de la vida sin soltarse de la mano.

Esa tarde regresé a casa convencido de algo que la calle me enseña una y otra vez: las personas más hermosas que he fotografiado casi siempre son las que menos creen serlo.

Y quizá esa sea una de las razones por las que sigo caminando con una cámara en las manos. Porque cada fotografía es una oportunidad para devolverle a alguien un poco de la dignidad que el mundo, tantas veces, le ha negado.