No sé si estaba mirando al niño.
O si estaba mirando su propia vida pasar frente a él una vez más.
Fue apenas un instante. El niño avanzaba de la mano de un adulto, distraído, descubriendo el mundo como sólo los niños saben hacerlo. Mientras tanto, él permanecía allí, observándolo en silencio.
Y hubo algo en esa mirada que me costó olvidar.
No vi tristeza. Tampoco resignación.
Vi nostalgia.
Esa clase de nostalgia que aparece cuando uno comprende que el tiempo es lo único que nunca regresa.
Quizás se vio reflejado en ese pequeño cuerpo que caminaba sin miedo. Quizás recordó cuando corría, cuando soñaba, cuando el futuro parecía un lugar inmenso y lleno de posibilidades.
Tal vez recordó a alguien.
O tal vez se recordó a sí mismo.
A veces creemos que envejecer consiste en sumar años. Pero creo que también consiste en acumular despedidas. Despedirse de lugares, de personas, de versiones de nosotros mismos que ya no existen.
Mientras observaba al niño, tuve la sensación de que él no estaba pidiendo nada. Ni dinero, ni atención.
Parecía estar sosteniendo un recuerdo.
Uno de esos recuerdos que llegan sin avisar y se quedan unos segundos antes de desaparecer nuevamente.
El niño siguió caminando y se perdió entre la gente.
Él permaneció allí.
Y por un momento pensé que todos hacemos lo mismo alguna vez. Miramos a quienes comienzan el viaje mientras nosotros intentamos comprender el nuestro.
Quizás por eso su mirada resultaba tan entrañable.
Porque no parecía envidiar la juventud del niño.
Parecía desear que la vida le hubiera concedido una oportunidad más para volver a empezar.