Le dicen loco.
Siempre hay alguien dispuesto a poner una etiqueta porque es más fácil que intentar comprender.
Yo lo vi de otra manera.
Lo vi peleando contra enemigos que nadie más podía ver. Lo vi levantar los brazos como un boxeador cansado, como un guerrero que lleva demasiadas batallas encima y aun así se niega a caer.
Mientras algunos se reían, él seguía en su mundo. Un mundo que probablemente era más duro que esta calle, más duro que las miradas que lo atravesaban cada día sin detenerse.
Hay algo que me llamó la atención en ese momento. No era su postura ni sus movimientos. Era la convicción.
Porque para él aquella pelea era real.
Y pensé en cuántas guerras invisibles libramos las personas. Algunas contra la soledad. Otras contra el miedo. Otras contra recuerdos que regresan cuando menos los esperamos.
La diferencia es que nosotros aprendimos a esconderlas.
Él no.
Las peleaba a plena luz del día.
Sin vergüenza.
Sin máscaras.
Como un guerrero cansado que ya no tiene fuerzas para fingir que todo está bien.
Cuando me fui, seguía allí, lanzando golpes al aire, esquivando fantasmas que sólo él conocía.
Y por un instante entendí que la verdadera batalla no era contra aquello que tenía enfrente.
Era contra la vida misma.
Y seguía de pie.