Esta escena la vi muchas veces.

Monedas pasando de mano en mano. Monedas que para la mayoría significan muy poco, pero que para ellos representan algo completamente distinto. Unos minutos de alivio. Un instante en que el ruido de la mente se apaga. Un momento en que los recuerdos dejan de doler.

“Es para calmarme”, me decían.

Ellos mismos lo llamaban el mata recuerdos.

Con el tiempo entendí que esas monedas tenían más poder sobre sus vidas que muchas otras cosas. Vi cómo las guardaban con ansiedad, cómo las contaban una y otra vez y cómo desaparecían apenas conseguían reunir lo suficiente.

Después las veía transformarse en pequeñas bolsas que no permanecían más de diez minutos en sus manos.

Diez minutos. A veces menos. Y después todo volvía a empezar.

La necesidad, la búsqueda, la desesperación y nuevamente las monedas.

Muchos creen que quienes viven atrapados en el consumo simplemente no quieren salir. Después de años fotografiando esta realidad he aprendido que es mucho más complejo que eso. Hay cadenas que no se ven. Dependencias tan profundas que terminan gobernando cada decisión, cada pensamiento y cada hora del día.

Lo que veo en esta fotografía es una persona negociando con sus propios fantasmas.

Veo cómo algo tan pequeño puede llegar a controlar una vida entera.

Y también veo algo que a veces olvidamos: detrás de cada historia de consumo sigue existiendo una persona. Una persona que alguna vez tuvo sueños, proyectos, familia y un lugar en el mundo antes de que esas monedas comenzaran a decidir por ella.