Su mirada me llamó la atención de inmediato. Tenía un porte duro, de esos que hacen pensar que la vida no ha sido amable. Para llegar a tener un semblante así debe pasar mucha historia por una persona.

Le pedí una fotografía y aceptó. Después de un rato conversando con él sentí que confiaba muy poco en los demás. Parecía alguien que había aprendido a depender únicamente de sí mismo. Como si la vida le hubiera enseñado que esperar demasiado de otros solo trae decepciones.

Mientras lo escuchaba, empecé a pensar que esa dureza que mostraba no era realmente quién era. Más bien parecía una armadura. Un disfraz construido con los años para soportar sus propias batallas y mantener al mundo a cierta distancia.

Muchas veces juzgamos por lo que vemos. Un rostro serio, una mirada fría o una actitud distante. Pero detrás de eso suelen existir heridas, pérdidas y experiencias que nunca llegaremos a conocer.

Al despedirme me quedó la sensación de haber conocido a alguien que llevaba mucho peso sobre los hombros. Y también la certeza de que algunas personas no son frías porque quieran serlo, sino porque la vida les enseñó que esa es la única forma que encontraron para protegerse.