La vi sentada sobre unos cartones, en una esquina que para muchos era solo un lugar de paso. La mayoría caminaba rápido, evitando mirarla. Yo me detuve.
No fue la pobreza lo que llamó mi atención. Tampoco las cicatrices ni las marcas que el tiempo había dejado en su cuerpo. Fue otra cosa. Fue su presencia.
Mientras observaba la escena, me impresionó la serenidad con la que estaba allí. Como si hubiera aprendido a convivir con todo aquello que habría derrumbado a muchas personas. Sus brazos cuentan una historia difícil. Su rostro también. Son huellas de una vida que seguramente no ha sido amable. Y, sin embargo, en ella no vi derrota.
No quise interrumpirla de inmediato. Me quedé observando en silencio. Había algo profundamente humano en ese momento. Algo que las palabras no alcanzan a explicar. A veces creemos que la fortaleza tiene que ver con grandes discursos o actos heroicos, pero ese día la vi manifestarse de una forma mucho más simple: seguir adelante.
Las mujeres siempre logran sorprenderme. He conocido historias de abandono, violencia, soledad y pérdida, y aun así encuentro en ellas una capacidad casi inexplicable para reconstruirse una y otra vez. Como si llevaran dentro una fuerza que se niega a desaparecer.
Sus marcas son reales. Sus dificultades también. Pero ninguna de ellas parece definirla por completo.
Por eso, cuando recuerdo ese encuentro, no pienso en la vulnerabilidad que vi frente a mí.
Pienso en la dignidad.
Y en lo magnífica que puede llegar a ser una persona cuando la vida ha intentado quebrarla y, aun así, permanece de pie.


