Esa noche caminaba por una de las avenidas de la ciudad cuando lo vi venir a lo lejos. No estaba solo. Caminaba junto a su perro, un compañero inseparable que llevaba puesto un abrigo improvisado, hecho con lo que habían encontrado en el camino. Fue una imagen que me obligó a detenerme.
Los dos tenían algo en común. Sus cuerpos y sus rostros mostraban señales de una vida dura. De esas historias que uno no conoce, pero que se alcanzan a intuir en una mirada, en una cicatriz o en la forma de caminar.
Se acerquó y comenzamos a conversar. Fue una charla breve, sencilla. En algún momento me pidió que le tomara una fotografía. Quería que quedara un registro suyo. No explicó mucho más y tampoco hizo falta.
Mientras hablábamos, no podía dejar de mirar a su perro. Había algo hermoso en la forma en que permanecían juntos. No era solo un hombre con un animal. Eran dos compañeros enfrentando la vida de la única manera que sabían: acompañándose.
A veces uno pasa junto a personas como ellos sin detenerse. La ciudad nos acostumbra a mirar hacia otro lado. Pero aquella noche me encontré observando una amistad que parecía más fuerte que muchas otras que he visto.
Tomé algunas fotografías, nos despedimos y cada uno siguió su camino.
Yo continué solo.
Él siguió acompañado.
Y por alguna razón, mientras me alejaba, pensé que quizás la verdadera fortuna no siempre tiene que ver con el dinero o las comodidades. A veces tiene que ver simplemente con tener a alguien al lado cuando cae la noche y el camino se vuelve largo.
De todas las cosas que vi esa noche, eso fue lo que más me quedó grabado.


