Los pies del olvido.
La primera vez que la vi me produjo una incomodidad difícil de explicar. No había un rostro. No había una mirada. No había nada que permitiera conocer a la persona que estaba allí. Sólo sus pies asomando desde la oscuridad, como una presencia a la que el mundo había dejado de prestar atención. Y quizás por eso me impactó tanto. Porque una cosa es que la sociedad te empuje hacia los márgenes. Que te ignore. Que te juzgue. Que te convierta en alguien invisible. Pero otra muy distinta es cuando uno mismo comienza a creerlo. Cuando la derrota deja de venir desde afuera y empieza a instalarse dentro de uno. Mientras observaba esta escena pensé en todas las historias que podrían haber existido antes de este momento. Tal vez hubo sueños. Tal vez hubo una familia. Tal vez hubo una casa, amigos, proyectos o personas que alguna vez pronunciaron su nombre con cariño. Y sin embargo, aquí sólo quedan unos pies sobresaliendo de la sombra. Como si el resto de la persona hubiera sido absorbido lentamente por el olvido. Lo más doloroso no es imaginar la pobreza. Lo más doloroso es imaginar la renuncia. Ese instante en que alguien deja de luchar por volver a ser visto. Cuando ya no espera que nadie pregunte cómo está. Cuando deja de sentirse parte de algo. De una familia. De una comunidad. Del mundo. Esta fotografía me recuerda que perder bienes materiales puede ser devastador, pero perder [...]

