Melancolía y palomas.
No parecía estar alimentando palomas. Parecía estar alimentando recuerdos. Lo observé durante varios minutos. Sacó un trozo de pan de su bolso con una naturalidad que sólo tienen las cosas que se han hecho cientos de veces. Lo desmigajó lentamente entre sus manos y lo dejó caer frente a él. Las palomas llegaron de inmediato. Ninguna parecía tener miedo. Se acercaban con confianza, como si ya lo conocieran. Como si aquel encuentro hubiera ocurrido muchas veces antes. Y quizás era así. Quizás cada mañana, a la misma hora, él ocupa el mismo lugar. Quizás guarda un poco de pan para ellas antes incluso de pensar en sí mismo. Quizás forman parte de una rutina que lo acompaña cuando ya no quedan demasiadas cosas constantes en la vida. Mientras las observaba comer, tuve la sensación de que él estaba en otro lugar. No en la plaza. No entre las personas que pasaban apresuradas. Parecía estar viajando hacia atrás. Hacia algún recuerdo que sólo le pertenecía a él. Quizás cuando era niño alguien le enseñó a hacer lo mismo. Tal vez un abuelo, una madre o un padre que se detenía a compartir un pedazo de pan con los pájaros. Tal vez aquellas migajas eran mucho más que alimento. Tal vez eran recuerdos. Porque a veces hacemos cosas que parecen insignificantes sólo para conservar cerca a quienes ya no están. Hay gestos que sobreviven a las personas. Pequeñas costumbres que nos acompañan durante décadas [...]

