A Lázaro no lo encontré por casualidad.

Fueron otras personas quienes me hablaron de él. Me dijeron que debía conocerlo, que me sorprendería. Me hablaron de un hombre que vivía apartado y que había convertido las piedras en una forma de expresión.

No fue fácil llegar hasta donde estaba. Caminamos varios minutos por senderos que parecían no llevar a ninguna parte. Pero antes de encontrar a Lázaro encontré su arte.

Las piedras comenzaron a aparecer mucho antes que él.

Pequeñas estructuras levantadas una sobre otra, algunas simples, otras más complejas. Había cientos. Era como si el camino estuviera marcado por una firma silenciosa que anunciaba su presencia. Sin conocerlo todavía, ya estaba viendo una parte de quien era.

Cuando finalmente llegamos a su refugio nos recibió con una sonrisa tranquila. No había desconfianza ni apuro. Nos invitó a acercarnos como si nos conociera desde siempre.

Conversamos durante largo rato.

Me contó fragmentos de su historia. Me dijeron que en algún momento había trabajado como arquitecto y, mientras observaba aquellas construcciones de piedra repartidas por el paisaje, esa idea parecía tener sentido. Pero lo que más me llamó la atención no fue su pasado, sino la paz con la que hablaba de su presente.

Muchas personas buscan la felicidad acumulando cosas. Lázaro parecía haberla encontrado desprendiéndose de ellas.

Me mostró su trabajo con orgullo. No era el orgullo de quien busca reconocimiento, sino el de alguien que ha encontrado una manera honesta de expresarse. Cada piedra tenía un lugar. Cada forma parecía responder a una conversación silenciosa entre sus manos y la naturaleza.

Mientras lo escuchaba comprendí que estaba frente a una persona que había construido algo mucho más importante que aquellas esculturas. Había construido una forma de estar en el mundo que le permitía sentirse en paz consigo mismo.

Cuando nos despedimos le agradecí su hospitalidad. Me hizo sentir bienvenido en su pequeño rincón del mundo.

Desde entonces, cada vez que encuentro piedras apiladas de manera imposible junto a algún sendero o escondidas entre los árboles, pienso en él.

Y sonrío.

Porque sé que Lázaro pasó por ahí. Y porque, de alguna manera, también sé que está bien.