A los pies de la Iglesia San Agustín de La Serena, ella se instala a vender. Tiempo atrás la veía caminar; con el paso de los días comencé a observar su trayecto completo. Aún con la dificultad evidente para mover su silla, recorre varias cuadras hasta llegar al lugar donde ejerce su comercio.
No solicita limosna. Ofrece sus productos. El desplazamiento es exigente. Subir la vereda requiere un esfuerzo considerable, agravado por la ausencia de ayuda. Nadie le cedió el paso, nadie la asistió. Ella ascendió sola.
Luego dispone cada objeto con cuidado y se prepara para permanecer. No advertí signos de adicción, sólo una discapacidad manifiesta. Y fue esa condición expuesta la que me interpeló con mayor fuerza, la naturalización de la dificultad ajena y la indiferencia frente a un esfuerzo que ocurre a plena vista.


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