Hay fotografías que uno busca y otras que simplemente aparecen. Esta fue una de esas.
Cuando me acerqué a fotografiarlo, me llamó la atención que no estaba solo. Llevaba a su perrita en brazos y no quiso que la fotografiara aparte. Quería salir con ella. Me dio a entender que si ella no estaba, la fotografía no estaría completa. Después de todo, llevaban ocho años juntos.
Conversamos un momento. Fue amable, cercano, incluso más amable que algunas personas que forman parte de mi vida cotidiana. Eso también me hizo pensar. A veces uno espera encontrar dureza en quienes han tenido una vida difícil, pero muchas veces encuentra exactamente lo contrario.
Mientras lo observaba abrazar a su compañera, entendí que para algunas personas la riqueza no se mide por lo que tienen, sino por quién permanece a su lado cuando todo lo demás desaparece.
No sé cuántos caminos han recorrido juntos. No sé cuántas noches han compartido ni cuántas veces uno ha cuidado del otro. Pero había algo evidente entre ellos: confianza. De esa que no necesita palabras.
La fotografía documental me ha enseñado muchas cosas, pero quizás la más importante es no dejar de sorprenderme. Detrás de cada rostro existe una historia que no conocemos. Detrás de cada persona hay pérdidas, afectos, luchas y pequeños actos de amor que pasan desapercibidos para la mayoría.
Ese día no fotografié solamente a un hombre con su perro. Fotografié una amistad de ocho años. Una lealtad que sorprende. Y salí de ahí recordando que, al final, son esos vínculos los que muchas veces nos mantienen de pie.


