No dijo mucho. Tampoco hizo falta.

Mientras conversábamos, mi atención se fue una y otra vez hacia sus manos. Eran manos castigadas. Agrietadas. Hinchadas en algunos lugares. Marcadas por años de consumo, de calle y de abandono.

Era imposible no mirarlas.

Y sin embargo, mientras observaba la fotografía más tarde, entendí que lo que realmente me inquietaba no era lo que podía ver.

Era lo que ya no podía verse.

Porque las heridas visibles siempre son las más fáciles de comprender. Las vemos y entendemos que algo ocurrió, Pero existen otras destrucciones que avanzan en silencio.

La pérdida de la confianza, La pérdida de los afectos, La pérdida de los sueños.

La lenta desaparición de la persona que alguna vez fuimos.

A veces pensamos que el consumo destruye cuerpos. Y es cierto.

Pero también destruye historias. Destruye proyectos.

Destruye la imagen que alguien tenía de sí mismo cuando todavía creía que el futuro podía ser distinto.

Mientras lo veía preparar cuidadosamente aquello que sostenía entre las manos, me pregunté quién había sido antes de llegar hasta aquí.

Porque nadie nace deseando terminar de esta manera. Antes de estas manos hubo otras manos.

Las de alguien que abrazó, construyó, escribió, cocinó o soñó.

La tragedia es que muchas veces dejamos de hacer esa pregunta.

Vemos el resultado final y olvidamos que detrás existe una historia completa.

Una vida entera.

En esta fotografía no veo solamente las marcas del consumo.

Veo el desgaste de los años, Veo decisiones equivocadas, quizás.,Pero también veo dolores que nunca conoceré. Ausencias. Golpes. Fracasos. Soledades.

Porque las personas no se rompen de un día para otro.

Se van quebrando poco a poco.

A veces tan lentamente que ni ellas mismas notan cuándo comenzó.

Lo que más me impacta es que sus manos cuentan una historia evidente.

Pero hay otra historia, mucho más profunda, que permanece oculta.

Una destrucción que no dejó cicatrices en la piel.

Una que ocurrió por dentro. Y que probablemente duele mucho más que todas las heridas que la cámara alcanzó a registrar.

Por eso, cada vez que vuelvo a esta imagen, no pienso en el consumo.

Pienso en la persona.

En quién fue.

En quién pudo haber sido.

Y en todas esas batallas invisibles que nadie ve cuando pasa a su lado.